Charlie era un gatito muy bueno, gracioso, simpático y cariñoso, vivió durante nueve años en una de nuestras colonias controladas.

No os asustéis por su ojito, hace muchísimos años se clavó algo y lo blanco era una cicatriz. Ni le dolía ni le molestaba, simplemente veía un poco menos por él.

Era el primero en correr a recibirnos, loco de felicidad cada día. Todos los que conocíamos a Charlie le adorábamos, era un gato que enamoraba.

Tenemos muchos recuerdos divertidos de nuestro tigretón, anécdotas que nos hacen sonreír…

Como la forma en la que movía su colita como de felicidad cada vez que nos veía, parecía una serpiente de cascabel.

 

 

O esa temporada que le dio por entrar casi a diario en un taller privado, junto a la zona donde comía. Descubrimos que entraba por arriba, pero no era capaz de volver a salir… Y nos maullaba como loco desesperado. Cuando les llamábamos para comer, él nos contestaba desde el garaje. Al principio nos preocupaba, luego nos hacía gracia y después nos llegó a enfadar un poco… Nunca supimos porque entraba allí, pero oye, se ve que le gustaba ese sitio.

Finalmente, los propietarios que también se lo tomaron con humor, nos permitieron instalar una gatera para Charlie, para que pudiese salir por sus propios medios.

Fue divertido enseñarle a usarla.

Era un gato muy listo, se ganaba su ración extra de comida a base de zalamerías.

 

 

Un día empezamos a notar algo raro en él, adelgazaba a velocidad de vértigo, estaba apático y reservado… Babeaba en exceso y estaba deshidratado.

Lo llevamos al veterinario muy asustados.

Su boca estaba podrida y llena de terribles llagas, probablemente la causa fueron sus riñones…

Las analíticas fueron devastadoras, positivo a inmunodeficiencia y con insuficiencia renal.

Al menos comía, sobre todo cuando una de nuestras compañeras que lo alimentaba desde hacía años iba visitarlo.

 

 

Nos llevamos las manos a la cabeza sin saber que hacer.

Nuestro Charlie jamás podría volver a la calle, no duraría ni un suspiro y podría contagiar la inmunodeficiencia a otros gatos si se peleaba.

 

 

¿Cómo se contagió de inmunodeficiencia Charlie?

Estaba castrado desde hace muchos años, pero eso no evita las peleas por territorio con otros gatos. Seguramente algún gato errante positivo a inmunodeficiencia, pasaría por la zona y Charlie defendió su casa. Un mordisco en su espalda confirmó la teoría.

Es uno de los riesgos de la calle, desgraciadamente no podemos protegerlos de todo.

Finalmente, alguien se ofreció a acoger a nuestro precioso Charlie, aun sabiendo que su vida no sería muy larga. Su boca y sus riñones mejoraron con medicación, pero estaban muy mal.

Nuestro callejerito vivió a cuerpo de rey durante algo más de un mes. Le encantaba el sofá, beber agua del grifo, decidió que la bañera era un lugar fresquito donde tumbarse, se lo pasaba pipa mirando la lavadora y sobre todo, estaba loco con ese mágico electrodoméstico en el que se guarda la comida ¡le encantaba visitarlo!

 

 

No sabemos cuánto tiempo de felicidad le quedaba junto a su mami de acogida, pero desgraciadamente, un día ocurrió una desgracia. Charlie encontró un punto débil en una de las redes que protegían una ventana y se escapó.

Lo buscamos como locos durante mucho tiempo, pero no lo encontramos.

Por desgracia sabemos, que sin su medicación y sin la comida adecuada no ha podido sobrevivir mucho tiempo, nos duele cada vez que lo recordamos, nuestro Charlie no merecía ese final. No es culpa de nadie, son cosas que pueden llegar a pasar, la ventana parecía segura… Pero… Charlie siempre será una espina dolorosa clavada en nuestros corazones.

Ojalá hubiésemos podido darle un final digno. Lo intentamos.