Encontraron a Morris suplicando cariño y atención en la calle, con un aspecto realmente lamentable.

Estaba esquelético, se le notaban todos los huesos, le faltaba parte de la cola, positivo a inmunodeficiencia felina, plagado de parásitos internos y externos, con una severa anemia y con sus dos patas delanteras ulceradas.

 

 

Con Morris había una cosa clara, era un gato de casa. ¿Cómo terminó en la calle? Lo desconocemos, pero lo único que quería y no dejaba de pedir era cariño.

Tenemos la certeza de que Morris tenía una «familia» que tal vez pensó que sabría buscarse la vida en la calle… O tal vez ni lo pensaron y les dio igual…

No, no supo buscarse la vida, no había más que verlo y además, al haberlo dejado en la calle sin castrar, le condenaron a infectarse de FIV.

 

 

Morris no hacía otra cosa que ronronear en su camita, en una puñetera jaula de nuestro refugio, por fin se sentía a salvo.

 

 

 

Pasó por un infierno, pero ya terminó. Ha costado mucho tiempo y esfuerzo por nuestra parte y por la suya, curas diarias dolorosas, medicación, visitas al veterinario… ¡¡Pero sus patitas por fin están curadas!! Hubo que operarle una de ellas para cortar un trozo de almohadilla que había crecido mal. Es tan bueno que nos dejaba hacerle de todo.

 

 

Durante todo ese proceso estuvo metido en una jaula, tenía que andar lo menos posible…

 

 

Cuando llegó el coronavirus, quisimos sacar a todos nuestros gatos del refugio para evitar trasladarnos tanto.

¡Laura se ofreció a acoger a nuestro Morris!

 

 

Disfrutaron mucho de la compañía mutua, Laura pasó el confinamiento en compañía y Morris salió de su jaula ¡por fin! ¡¡Incluso aprendió a hacer deporte con ella!!

 

 

Ahora está felizmente adoptado por un amigo de Laura, que calló rendido a sus encantos ¿Cómo no hacerlo?

 

Nuestro tigretón amoroso, culpable de enamorar a visitas y voluntarios y de robar toneladas de mimos, parece un gatito completamente diferente, ¡la vida vuelve a sonreírle!